Un párrafo es un fragmento de un texto, puede reconocerse por iniciar con mayúscula y termina con un punto y aparte.
Las cerezas
Alfred de Musset
Un día, mientras Jesús y san Pedro caminaban por el mundo, se sintieron muy cansados. Hacía un calor canicular, pero a lo largo del trayecto no encontraron ni a un alma caritativa que les ofreciera un vaso de agua, ni algún pequeño riachuelo que les procurara un hilillo de agua. Iban caminando algo desanimados cuando Jesús, que iba delante, vio en el suelo una herradura; se volvió a su discípulo y le dijo:
-Pedro, recoge esa herradura y guárdala.
Pero san Pedro, que tenía un humor de perros, le respondió:
-Ese trozo de hierro no merece el esfuerzo de bajarse a recogerlo. Dejémoslo ahí, Señor.
Como de costumbre, Jesús no hizo ningún comentario; se contentó con bajarse, recoger la herradura e introducirla en su bolsillo. Y se pusieron de nuevo en camino, mudos y silenciosos.
Al cabo de algún tiempo encontraron a un herrador que iba en dirección contraria. Durante la parada que hicieron juntos, Jesús entabló conversación con él y en el momento de separarse, Jesús le vendió la herradura que había encontrado.
Prosiguieron su camino y, por casualidad, vieron a un vendedor ambulante que se dirigía al pueblo vecino a vender su fruta. Jesús lo detuvo y, con los cuatro escudos obtenidos por la venta de la herradura, compró media libra de cerezas. Durante todo ese tiempo, san Pedro permanecía en silencio y su malhumor iba empeorando. El calor aumentaba; las gargantas se secaban. Pero san Pedro era el único que tenía sed pues Jesús iba comiéndose las cerezas y el jugo de éstas le refrescaba el paladar. El apóstol, que iba penosamente detrás de él, miraba al Salvador con envidia, pero como las cerezas habían sido compradas con lo obtenido en la venta de la herradura que él no había querido recoger, no se atrevía a pedirle a Jesús su parte del festín. Éste, de forma disimulada dejaba caer de vez en cuando una cereza y san Pedro se bajaba con avidez para recogerla y llevársela a la boca sedienta. Cuando ya no quedaron más cerezas, Jesús se volvió hacia su discípulo y le dijo:
-Ya ves, Pedro, no se debe desdeñar nada en este mundo, ni siquiera lo que nos parece mezquino y desprovisto de valor. Por no haber querido bajarte una vez para recoger la herradura, has tenido que bajarte otras muchas para recoger las cerezas que yo he ido dejando caer al suelo. Esto te enseñará, Pedro, a no despreciar nada ni a nadie.
San Pedro no encontró nada que decir; bajó la cabeza y prosiguió humildemente el camino detrás de su Señor.
FIN
Aún recuerdo, como si fuera ayer, la valentía de la adolescencia y el hoy del ayer. Quien Diría que extrañaría con vividez el olor del salón de clases, la voz de los docentes y el ímpetu del noveno G. Han pasado ya más de cinco años, desde aquel mediodía que dejé atrás una etapa de maravillas. Donde las notas se colaban por las rendijas de la incertidumbre y la indisciplina parecía ser un objeto de risas, de gracia y desfachatez. Gracias al creador por permitir a mi memoria impoluta de risas, travesuras y juegos, recordar cada instante que en aquel 2018 parecían eternos. Era un sinsentido en aquel entonces que un muchachito desastroso como el lodo en los zapatos de un cadete, a quien la lectura, los libros y la literatura le sabían a mugre y limón, ahora encuentre en aquellos conceptos incompletos de significado y validación, un refugio en el que su mente juega a las escondidas junto a los birretes la graduación de sus etapas.
ResponderEliminarAhora digo: Debí aprovechar más aquellas clases de español, en las que los libros de la literatura panameña, se pasaban en aquel entonces como cuervos hambrientos de diversión y ahora se posan en mi ventana, como ruiseñores en las mañanas. Quien hubiera dicho que "los caballos estornudan en la lluvia", ahora para mí, son inspiración. Que los sueños del viejo Ben jamás fueron sueños, sino la realidad. Que un pedazo de universo puede arrancar la inocencia de un desvalido de malicia y que El invierno traería consigo un nuevo amor.
Quizá esto nadie lo lea, porque quizá también este sitio es fantasma, solo quiero dejar un recuerdo aquí.
Profesora Gladys, aún recuerdo las veces que se dormía de pie; agotada. Ahora veo y entiendo la pasión intransigente que colmaba a su alma en pos al aprendizaje.
Sepa usted que, gracias a los libros que nos hacía leer pero que yo por terco jamás leí en aquel entonces, hoy día esos mismos libros y recuerdos, son parte de la musa que mueve los engranajes de mis pasiones.
Con estima, aprecio retardado y agradecimiento.
Alain Vergara